El término ‘inteligencia artificial’ (IA) se usa para identificar todas aquellas tecnologías que imitan la inteligencia humana. Se trata de sistemas que aprenden y razonan pero, aún no experimentan empatía, carecen de intuición y no pueden tener experiencias espirituales. Por eso el saber que la Casa Blanca emitió en marzo de 2024 un memorando (M-24-10) que describe las prácticas que cada una de las agencias federales de Estados Unidos deben llevar a cabo antes del 1.º de diciembre de 2024, al utilizar aplicaciones de IA.

  La norma obliga a estas agencias a diseñar un proceso que permita a los humanos revisar y rectificar las decisiones automatizadas que consideren erróneas y que, si se trata de situaciones donde la IA puede tener un impacto significativo en los derechos de las personas, estas puedan solicitar que sus casos sean atendidos exclusivamente por humanos. Muchas empresas están en el proceso de adopción de IA para ahorrar costos, mejorar la eficiencia y facilitar la toma de decisiones basadas en grandes volúmenes de datos. No es nada nuevo afirmar que en el camino se va a reducir la fuerza laboral, se puede poner en riesgo la privacidad de la información y, debido a los posibles sesgos de los algoritmos, podrían aparecer decisiones injustas o discriminatorias. Es más, quienes interactuamos diariamente con aplicaciones y bots en este país nos sentimos impotentes y frustrados cuando fallan no solo porque nos hacen perder un tiempo valioso, sino porque carecemos de canales efectivos para canalizar nuestras quejas, perpetuando un sentimiento de exclusión y desconexión dentro de un ecosistema digital que debería aspirar a ser todo lo contrario: inclusivo y respetuoso. Está claro que la ley no siempre sigue el ritmo de los avances tecnológicos, pero podemos comenzar a enfrentar esta brecha entendiendo los riesgos que conlleva la inteligencia artificial y tomando medidas proactivas. Es esencial educar a las personas sobre cómo proteger sus derechos frente a la IA, exigir a los diseñadores que aseguren la transparencia de estos sistemas e involucrar a la sociedad en la discusión sobre su uso, reflejando así sus valores y necesidades. Además, las entidades públicas deben ofrecer alternativas sencillas y accesibles cuando sus páginas web o sistemas en línea fallen, garantizando así la inclusión y el acceso continuo a los servicios públicos. La IA debe ser adaptada a las necesidades y valores humanos para lograr un enfoque más humanizado, y no al revés.  
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